Poeta hizo que rechiflen versos de Neruda

Escribe Carlos Amador Marchant
Este poeta jugaba a la vida. Tenía el resplandor de las cosas que surgían de la inmediatez y al mismo tiempo la oscuridad más plana. Hablo en pasado, pero el hombre está vivo y recuerdo algunas de sus andanzas.
Desde joven fue apresurado, como si la vida se le fuera a escapar por las manos. Reía con nerviosidad y de repente desaparecía y no dejaba señales. Apareció por el norte de Chile y luego se hizo humo como los poetas que agarran vuelo y caen súbito, y saltan, y vuelan.
En los cafetines, en las cantinas, el mundo joven lo reclamaba. Como hablaba fuerte y retumbaba, se le lograba escuchar a grandes distancias. En las noches, a las tres de la mañana, en esas bohemias infatigables, dialogaba sin fin, como si los días y horas no existieran.
En mi propio deambular por el territorio nacional, le perdí la pista. Lo busqué por Quillota. Más tarde lo encontré, sorpresivo, en las calles de Valparaíso.
Leía mucho y la sapiencia se entreveraba con sus palabras ligeras.
Sin embargo, en medio de su escritura, idolatraba, amaba, sin darse cuenta, otras creaciones. Cuando hallaba algo genial, algún escrito que le calara el alma, lo repartía por todos los rincones. Era poco común escuchar a este poeta recitar sus propios poemas. Más bien los guardaba, los publicaba en  revistas, los comentaba en medio de oscuridades.
En la década del ochenta los universitarios le seguían la pista, compartían sus opiniones, sus arengas. Y, por cierto, resplandecía en todos los bares de moda intelectual. El nombre del filósofo griego Platón estaba de moda por esos años, y lo bautizaron como tal. Aún no entiendo por qué, o creo entenderlo, aunque siempre me pareció que el apelativo era muy alto.
 Lo concreto es que estudiantes de la época lo buscaban. Eran los bares sitios de preferencia. La cerveza que empezaba y no finalizaba hasta oscurecer el día. El poeta en cuestión tenía una costumbre particular. Cuando ya las copas estaban subidas en los riscos de la cordillera mental, pedía silencio a los veinte universitarios que lo rodeaban y desde el bolsillo de su camisa sacaba un papel. Frente al silencio de los jóvenes solicitaba mesura. Todos esperaban. Luego gatillaba: “Escucharán ustedes el mejor poema escrito en nuestra lengua”. Y remataba con voz estruendosa que hacía tiritar las paredes:…”Preguntaréis: Y dónde están las lilas? Y la metafísica cubierta de amapolas? Y la lluvia que a menudo golpeaba sus palabras….”
El extenso poema de Pablo Neruda, denominado “Explico algunas cosas”, escrito en la década del treinta del siglo pasado e inserto en su libro “España en el corazón”, era escuchado de comienzo a fin por los contertulios. Después de alargados aplausos, que tenían que ver, por cierto, con la efusividad del poeta, continuaba la tracamundana.
El extraño vate que a la sazón no tendría más de veintitrés años, se las ingeniaba para realizar este mismo show cada vez que se juntaban en los cafetines. Por la misma razón, el papel que sacaba desde el bolsillo de su camisa ya estaba ajado, mugroso y de muy mal aspecto.
Pero era una costumbre patentada. Los universitarios, los que lo seguían, sabían, tenían claro, y ya ni siquiera lo vaticinaban, que la lectura del famoso poema de Neruda iría de todas formas en cada ocasión que las cervezas subían los riscos y la voz se transformaba en trapo. En otras palabras, esto ya se había transformado en una cantinela, donde, por supuesto, la manada comenzaba a aburrirse y a preparar su retiro de esas canchas. Y no podía ser de otra forma, porque los atávicos bohemios juveniles, los más cercanos, hablaban de haber escuchado en más de cien ocasiones el mismo poema del Nobel, siempre a la misma hora en que comenzaba a oscurecer y cuando las copas subían como hormigas por el cuerpo.
Muchos siguieron acompañándolo porque les era simpático, bravucón exiguo. Sin embargo, cada vez que veían que levantaba el brazo para sacar desde el bolsillo de la camisa aquel papel que ya no estaba arrugado, sino que parecía un trapero de boliche de mala muerte, optaban por taparse las orejas para no volver a escuchar ese bellísimo poema nerudiano avasallado por la boca del poeta del norte. Es decir, ya todos conocían el famoso papelito, el arrugado, el cochino, el insomne.
Pasaron varias semanas, y una noche cualquiera, de ésas donde todo parece renacer, donde las luces se interponen nuevas y fantásticas, los morochos nortinos se vuelven a juntar con el poeta. A la hora acostumbrada, al momento de aparecer el vozarrón bizarro del  vate, tras levantar la mano de nuevo y buscar en su bolsillo el famosísimo papel carroñero, todos comenzaron a taparse las orejas. Sorpresa fue observar iluminando sus manos un flamante papel blanco, sin ni una arruga, y limpio como el amanecer del mundo. Entonces el cururo del desierto los miró a todos con picardía mientras la audiencia se destapaba las orejas. En ese momento los universitarios aseguraron que el mierda, que el guevón por fin leería un poema nuevo. Entonces el delgadísimo poeta abre el papel con galanura, se cruza de piernas y comienza a leer con euforia: “Preguntaréis: Y dónde están las lilas? 
Y la metafísica cubierta de amapolas? Y la lluvia que a menudo golpeaba sus palabras llenándolas de agujeros y pájaros?. Os voy a contar todo lo que me pasa. Yo vivía en un barrio de Madrid, con campanas, con relojes, con árboles…….”
Nunca más volví a verlo, aunque “España en el corazón” me sigue taladrando los oídos.
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