IQUIQUE Y EL VALS DE LOS RECUERDOS

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IQUIQUE Y EL VALS DE LOS RECUERDOS

Escribe Carlos Amador Marchant

Treinta años sin visitar la ciudad donde nací produjo una opción difícil de asumir.¿Es bueno volver al pasado?. No supe responderme.
Reencontrar a Iquique fue el desafío.
Me decían que ahora es cosmopolita de grandes edificios frente a la costa, de casas que se extienden hasta el Cerro El Dragón, el lejano, aquel que parecía vigilar la ciudad sufrida por la historia.
De tantos dichos, entonces, fue necesario tomar un avión y visitar de nuevo este reducto minero, este sitio de mar azul, de cerros interminables, de soledades, de rocas sulfurosas.
Si atravesar el desierto en tren, en el antiguo Longino (longitudinal norte), era una proeza, sólo los pampinos y allegados a esas soledades, se arriesgaban al azote quemante de la pampa. Hernán Rivera Letelier narra con genialidad esta travesía en “Los trenes se van al purgatorio”, libro editado el año 2000. Lo concreto es que, al margen de tanta miseria y sacrificio, en esos dos días y dos noches asfixiados en aquellos pequeños vagones, por lo menos existía “el encanto” en cuanto a que los pasajeros se las ingeniaban para vivir de manera intensa dentro de la caldera. Cantos, risas, amores, no faltaban. Tampoco vino tinto y del otro. Tampoco las empanadas. Tampoco el llanto. Era el sufrimiento hecho risa.
De esos tiempos, hasta cercana la década del setenta, una vez que las flotas de buses se adueñan de las nuevas carreteras eliminando a los trenes y los rieles que subían por el gran cerro de la costa alcanzando al desolado Alto Hospicio (hoy comuna), se inicia otra nueva insondable travesía, la asfixiante, la traumática. Sin duda, en esos años los buses representaron la nueva atracción, se hablaba de un mayor confort, donde el petróleo daba paso al exterminio de las locomotoras a carbón.
Con el paso de los lustros, quienes nos transformamos en asiduos viajeros, fuimos percatándonos (nos percatamos ahora) que aquellos medios de locomoción ya no representan el gran confort para el desierto. Las distancias largas, las 17 o más horas de viaje encerrados entre cuatro latas, desayunando y almorzando y cenando, con un baño sin gran ventilación, hacen de estos viajes pesadillas poco higiénicas. Por estas u otras razones, hay quienes añoran la vuelta de los trenes, pero los de ahora, los trenes rápidos, con más tecnología.
Si bien queríamos en esta ocasión llegar rápido a destino, las dos horas del avión entre Santiago a Iquique sólo nos permitió observar la pampa a través de aquella minúscula ventanilla.
30 años habían pasado sin regresar a esta que es mi tierra y sólo en dos horas me fundía con el pasado. Dos escasas horas sin saber de nadie, sin siquiera percatarme si los de mi generación estaban en ese sitio o habían emigrado a otros lugares de Chile, sin saber si los que estuvieron y caminaron conmigo en la década del 60 estaban enfermos, ancianos o se habían muerto.
Curiosamente, antes del viaje, casi intuitivamente, como deseando no encontrarme con nadie, sino más bien con la ciudad histórica, sabiendo que no me contestarían un tímido mail que hice llegar a un poeta que sé no se comunica mucho por este medio, anuncié mi visita. Dicho y hecho. No fue contestado el anuncio y en consecuencia mi retorno se realizaría como lo deseé en un comienzo, sin que nadie se percatara de éste.
Durante el viaje, observando desde más de 11 mil metros de altura el inmenso panorama del desierto con algunas minúsculas rayas de ríos endebles, se echa de menos que desde la cabina o por algún sistema de audio interno se entregue alguna información sobre los lugares por donde se va volando. Una mujer de edad se lo hizo saber a la azafata y ésta la miró con sorpresa.
Volar a esas alturas por la pampa me trajo al mismo tiempo la travesía de Pedro de Valdivia en 1540, quien saliendo desde Tacana (actual Tacna-Perú), llegó con escasos hombres hasta Cosayapu (actual Copiapó-Chile). Sobre el tema del cronista Gerónimo de Bibar ya escribí en “Extramuris83” (actual revista virtual), pero me ha interesado recoger este enlace antes de entrar al tema de la histórica ciudad de Iquique, por la connotación de los pueblos precordilleranos que fueron fundando al paso de los años. Lo concreto es que por el sector de la precordillera se van entrelazando poblados entre Arica, Pisagua e Iquique. La trascendencia de esto, y por eso la reflexión, es que este puñado de hombres entró por el valle de Lluta y fue fundando pueblitos como Socoroma, Putre que están a más de tres mil metros de altura. Y más tarde Belén, subiendo y bajando, Ticnamar, Codpa, Esquiña, Camiña, Tarapacá, Pachica, Pica. Y mucho más tarde, emprendiendo hasta Copiapó. Eran hombres de a caballo y de a pie, que con su sed de riquezas doblegaron a los originarios. Sólo esa sed los guió por estos inhóspitos territorios. Desde las alturas logro divisar el desierto pleno y pienso, pienso, en ese otro pasado terrible para los que habitaban estas tierras y también para los que llegaron a dominarla.


Por los senderos del Iquique antiguo

La primera visión desde el avión al situarnos sobre el aeropuerto Diego Aracena, distante a 45 kilómetros de la ciudad de Iquique, es el mar de un azul sorprendente. Al lado el color café de la pampa. Café y azul son dos colores que dan el retorno a este sitio. Si bien El Aracena se encuentra en remodelación, deja ver el contraste. Aquí se observa la pampa, el sol que golpea las espaldas, la piedra de los cerros pelados y la gente que se traslada de un lugar a otro en forma distinta. Recuerdo que su nombre antiguo era Chucumata.
El transporte hasta llegar a Iquique es viendo el mar del lado sur del puerto, y tras 30 minutos de camino comienzo a divisar el inmenso panorama de la Cordillera de la Costa, el Cerro El Dragón lejano, sólo que ahora terriblemente poblado.
El conductor del auto me va conversando sobre los adelantos de la ciudad, los grandes edificios, el balneario y sus lujos recientes, las lejanías que ahora son cercanías de espacios. Y sin embargo no digo nada, no aporto nada, parece que sólo me interesara el pasado de Iquique, el remoto, el de las casas viejas, el escenario doblegado por los recuerdos de las salitreras en desmedro, de las pesqueras de la década del 60, de los obreros y sus recuerdos, de las casas donde la madera habla.
Así pues culminé mi presuroso primer día en el Iquique legendario. Abracé a mis padres ancianos, conversé con ellos, con mi hermana, divisé desde los ventanales de la casa el árido panorama sin atreverme aún a salir a la calle.
Volveré a Iquique me dije un día. Esa noche todavía no estaba seguro si me encontraba en la ciudad donde nací en la primera mitad del siglo 20. No estaba seguro.
Por esta razón, a la mañana siguiente, acompañado de familiares, pedí me trasladaran al lugar donde inicié mis estudios primarios: La Escuela Santa María.
En el trayecto, mientras nos internábamos en el casco viejo de Iquique, no reconocí el nombre de numerosas calles, sólo la madera me fue transportando a un pasado lejano aunque reciente para el tiempo del universo.
La llegada sorpresiva al sitio, las calles asfixiadas por el calor, la madera entreverada con el adelanto, no me permitieron identificar el establecimiento. Asentados en la calle Barros Arana, en una esquina, me expresaron que la escuela estaba al frente.
Salí del vehículo acompañado de mi máquina fotográfica. Apresurado crucé la calle. Antes, mi hermana me había dicho que era necesario eternizar esas paredes, porque posiblemente el establecimiento sería demolido. Recorrí la edificación, ahora transformada en un sitio pintarrajeado con consignas políticas, descascarado, por todos los contornos, por las calles Barros Arana, Zegers, Latorre y Amunátegui. De improviso me situé en el pasado, en aquel lugar donde entraba con mi bolsón de escolar y mis carnes nuevas, mis cuadernos impecables, los pantalones cortos. Recordé al profesor Alberto Chang que no sé si vivirá aún, las largas jornadas en salas limpias y pasillos encerados. Quise recorrer sus salas, el salón de actos donde alguna vez representamos a los Beatles como humorada estudiantil. Me situé en el frontis de la calle Zegers y recordé esa escalera por donde bajaban los estudiantes en escuadrones para los ensayos del desfile del 21 de Mayo. Quise subir de nuevo esas escalas, pero me encontré con enrejados metálicos, los mismos de la década del 60, sólo que ahora estaban oxidados, las puertas interiores descascaradas y sucias, los vidrios de las ventanas quebrados. Vi salir por ahí a los personajes de mis novelas, el Rojitas y el Matus, los mismos que seguirán vivos en otras aventuras novelísticas. Esa escuela, esa escuela impecable, esa edificación con su historia, ahora estaba abandonada.
Este sitio, el mismo, el mismísimo donde fueron acribillados más de 3.000 obreros de la pampa salitrera en 1907. Este lugar, esta tierra donde corrió la sangre y donde los gritos se entreveraban, los gritos de espanto, ahora estaba abandonado.
Entonces, en esos no más de 30 minutos en que saqué fotos y sudé, me transporté desde la época de estudiante de 6 años a los obreros que fueron hacinados y engañados tras recorrer el desierto y bajar por el inmenso cerro que acorrala a Iquique.
Me pareció ver al Intendente Carlos Eastman, desesperado y eufórico, gritando a los cuatro vientos, dialogando con los adinerados, vociferando que los pampinos, que los llamados delincuentes, que los insurrectos, habían caminado en masas por el desierto adueñándose del puerto, que era posible que saquearan las casas, que violaran a las mujeres, incendiaran la calle Baquedano. Y me pareció escuchar la voz del Presidente Montt conversando con el Ministro Rafael Sotomayor, dando órdenes al General Silva Renard, todos macabros personajes.
Y observé a la tracalada ser conducida a esta escuela, a ese reducto de madera de la época, a este sitio donde me encontraba ahora tras treinta años de ausencia.
Mi hermana miraba absorta. Ahora me encontraba sacando fotos al monolito de los caídos. Al monolito de los que habían bajado al puerto a pedir sólo un mejor trato laboral.
El sol quemaba, como quemó en esos años a los pampinos, acostumbrados a esas calderas del norte.
El edificio en cuestión, el actual reducto abandonado, no fue precisamente el que albergó a los obreros de la pampa antes de ser masacrados. La tierra donde fue construido, en cambio, es el mismo cimiento donde la sangre, donde los cadáveres se hacinaron en la época. El antiguo era un caserón de madera que alcanzaba incluso hasta el Mercado Centenario, levantado en maderas en 1883 ad porta de la Guerra Civil del 91. Dicha construcción, más allá de los acontecimientos narrados, alcanzó a mantenerse en pie hasta 1928, año en que fue consumida en gran incendio un día 7 de marzo. 8 años más tarde, en 1936 se levantó el actual edificio en abandono con un material más sólido y por donde pasaron numerosas generaciones de estudiantes.
Tanta historia encerrada en estas paredes que ahora se encuentran rayadas con consignas políticas. Tanto abandono en ese monolito ubicado a un costado del edificio. Me pregunté qué pudo haber pasado. Fueron varios días consultándome, indagando. La realidad es que hasta el año 2005, tras el terremoto del 15 de junio quedó inutilizable, y en consecuencia, abandonada como centro estudiantil. En el frontis, en medio de la hediondez del entorno, se mantiene un lienzo que anuncia matrículas para el presente año 2010, designando un nuevo lugar transitorio de docencia: la Avenida Salvador Allende, casi a las laderas del cerro El Dragón. De acuerdo a algunas informaciones de prensa, la restauración del edificio se realizaría el año 2012, tras ser tramitados fondos para estos efectos por el Consejo Regional de la zona. El dilema es si se mantendrá como escuela o si se transformará en museo histórico. Hay quienes se inclinan por la segunda opción. Habrá que esperar.
La Escuela Santa María no sólo se caracterizó por ser un lugar donde se entregaba una excelente educación, sino también por los fenómenos paranormales que se producían. En la década del 60, tiempo en que me tocó estudiar, era común escuchar voces y ruidos de seres invisibles que deambulaban por los pasillos a eso de las 7 de la tarde, cuando el profesor nos castigaba por mala conducta. Más tarde las generaciones posteriores, los guardias del establecimiento, fueron narrando cosas similares, lo que se transformó en pan de todos los días, golpeteos de puertas, lamentos a altas horas de la noche.
Mi hermana estaba absorta. Yo seguía sacando fotos. Los obreros masacrados, los más de 3 mil, no han podido descansar.


Las calles de antaño y sitios de mi infancia


Ignoro si hay otro centro comercial en la ciudad. Es posible.
Como dije al comienzo, me interesaba recorrer las calles antiguas, las casas de maderas que se mantienen desde el siglo 19. Iquique es hoy, sin duda, una ciudad que ha alcanzado un alto nivel de construcciones nuevas al lado sur.
Los lugares de mi infancia transcurrieron en el sector de los colectivos O´Higgins con Patricio Lynch, al frente de lo que es hoy el Palacio Astoreca, edificio construido en pino oregón y que funcionó como Intendencia Regional a partir de 1909. La mandó a diseñar Juan Higinio Astoreca, dueño, además, de tres oficinas salitreras. Ahí vivió junto a su familia hasta 1904.
Los colectivos dejaron de construirse al mediar 1942. Se caracterizan por ser dos edificios con caracoles y de cemento duro, apto para la zona norte y capaz de resistir terremotos. Fueron ejecutados por el arquitecto Luciano Kulczewsky, quien además fue administrador de la Caja de Seguro Obligatorio. En los tiempos de depresión por los que pasaba el Norte Grande de Chile, tras la crisis salitrera, curiosamente fueron edificados para los asegurados del sector en las ciudades de Arica, Iquique, Antofagasta y Tocopilla. En ningún otro lugar se verán construcciones como éstas. Vienen siendo verdaderas reliquias.
En mis tiempos de niñez veía todo casi lejano. Desde el Colectivo al Mercado Centenario, a la Escuela Santa María, a la Avenida Balmaceda. En este retorno me siento en la obligación de decir que todo es cercano, es decir, son sólo caminatas de minutos.
Mi vida transcurría entre los colectivos, la Plaza Brasil, la calle Baquedano, la Plaza Prat, el mercado, la escuela, el Liceo de Hombres, el de Niñas, la Plaza Condell, la Playa Cavancha, el Micro Estadio, la Plaza Condell, el Barrio El Morro, el Norteamérica, la calle Vivar, la calle Tarapacá, la Radio Esmeralda, La Patricio Lynch, El Salitre. En esa semana de visita al puerto histórico me convocaba revivir todos estos sitios, los mismos donde se generaba la actividad social y política del puerto.
En mi Juventud Iquique estaba pisoteado por las pesqueras y su hedor diario. La ciudad invadida por las pestilencias, la ciudad, incluso, de las banderas negras por la depresión. La proliferación de locos por las calles, las huelgas estudiantiles que partían siempre del Liceo de Hombres y que muchas veces fueron apoyadas por el jovencito choro Soria de la época. De pueblo sufriente, de pueblo de sudor, aún se conservan muchas construcciones, aunque le han puesto el timbre de los nuevos tiempos.
Mi infancia transcurrió en la Plaza Brasil (ahora tiene otro nombre) ubicada al frente de los Colectivos. Era una plaza amplia con palmeras. Ahí lanzábamos piedras para comer dátiles. Hoy es pequeña sin mucha vegetación y los escasos árboles que se conservan, han sido invadidos por los patos yecos que los destruyen día a día con su excremento. El mismo avance urbano de la ciudad ha sido el culpable de esta proliferación. Le han robado el hábitat y no les ha quedado más remedio que entrar a la ciudad.
Los recovecos de la calle Lynch con sus almacenes ya no son los mismos, han sido invadidos por construcciones nuevas. Busqué reconocer contornos de la calle Vivar con Tarapacá. Hay muchas construcciones de la época que se esconden tras la nueva urbanización.
Me senté en la Plaza Brasil a rescatar mi niñez y ahí estuve tristemente varias horas. Busqué no sentirme abandonado, sólo quise mirar el entorno. Vi deambular niños de este tiempo y sentí que por mis venas corría el pasado, fuerte e histórico, que no podrá ser acallado mientras exista el verbo y la palabra.
Me fui a la costa a respirar el mismo mar de la década del 60. La juventud, los muchachos y muchachas sobre las rocas, en las orillas de playa, me dijeron en silencio que estábamos en otro Iquique, aunque la historia hace la vida y a la inversa.
Quise retornar a mi Iquique sin que nadie se percatara. La verdad, la página del tiempo se encargó de eso.
Pero atrás está el inmenso cerro de la Cordillera de la Costa, el Cerro El Dragón con su arena eterna, rodeado de casas pero aun vivos. Ellos han sido los que han observado la historia en silencio. Son ellos los que parecen guiñar un ojo, como diciendo que todo lo sufrido queda y que toda alegría se canta.
Me pregunté si Iquique no es el mismo o yo no soy el de antes.
Y tomé mi avión de retorno a Santiago estudiando esta pregunta

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Comentarios

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